LA ÚLTIMA HABITACIÓN

AMOR, NOSTALGIA.

PRINCIPIO Y FIN

Aquí estoy, junto a ella en todas estas noches y en todos estos días, muchos de los cuales son agobiantes, algunos pacíficos,  todos especiales, ni uno solo igual al otro. Aquí estoy, como ella estuvo conmigo siempre, en esta gris habitación. 

Qué difícil es decir adiós! Aún sabiéndolo natural, incluso justo. Aún agradeciendo lo ya vivido, que mucho es. 


La habitación común era nuestra vida, desde hace 63 años. Desde ese 28 de agosto en que yo llegué. Mi cuna, nuestra casa, nuestras habitaciones en los hoteles durante las vacaciones juntito al mar. Ella junto a mí cuando enfermé, dormía en un sillón pero estaba allí, pegada a mí. Así como estoy yo ahora, transcurrida nuestra vida. Y sigue transcurriendo, aún en medio de algo que es tan natural: una despedida. 

Qué más puedo hacer que agradecer, agradecer tantos y tantos años! De pequeña tenía tanto miedo a perderla, tanto tanto que a veces no podía ni dormir. Era chiquita, la palabra "muerte" me aterraba como me aterraba sólo imaginar quedarme sin ella junto a mi padre, a quien temía de una manera inimaginable. (Perdona papá, hoy sé que me amaste, que nos amaste). Me da ternura cuando recuerdo esta anécdota: así, chiquita, pedía a mi abuelita que me llevara a iglesias nuevas, pues me habían enseñado que al entrar a un recinto en el que nunca hubiese estado antes, podía pedir "tres favores". Y me decía mi abuela "pediste tus deseos, Maty?" Y yo "sí, abue, pero llévame a otra". Caminábamos... "Mira, ahí hay otra abue, verdad que ahí nunca hemos entrado? Anda, vamos por favor por favor!"
Primer deseo: "Diosito, que mi mamita viva muchos muchos años, no te la vayas a llevar por favor te lo pido, que se haga muy viejita hasta que tenga como 80 años".
Segundo deseo: "Diosito, que mi mamá viva muuuuchos años"...
Tercer deseo: lo mismo.

Íbamos entrando a diferentes iglesias y yo sumaba y sumaba mis deseos. Llegué a contar ochenta y tantas peticiones. Preguntaba a abuelita "abue, Diosito concede deseos a las niñas chiquitas como yo?" "Sí hija, claro que sí, con más razón porque tu corazón es puro". Me quedaba más tranquila pensando que Dios era bueno, que Dios no podía negarme eso que con tanto fervor le pedía una y otra vez: que mi mamita viviera muchos años, muchos, hasta que fuera una viejecita como de ochenta años.

                        **********

A la fecha, ella se va apagando como una velita, y en pocos días cumplirá 94 años. NOVENTA Y CUATRO! Dios concedió mi petición, o mis muchas peticiones. No, no se resistió. Cómo puedo no agradecer este regalo? Pero eso sí: la habitación en la que nos encontramos ahora es triste. Huele raro, huele a que sea como sea y por más que haya sido bueno, es doloroso. Porque por más que ella ya merece descansar, es doloroso! Y lo es también verla decaer, día a día. Y perderle la paciencia y arrepentirme, porque ha perdido la memoria y ya no es aquella mami de tantas aventuras, de tantos recuerdos y de tantas vivencias excepcionales. De tanta unión, de tanto amor. "Somos socias", me decía ella. 

A pesar que ella era todo amor, nunca supo expresarlo. Pero como yo moría por abrazar, comencé a hacerlo hace muchos años. Lo aprendió a hacer (aunque le costó trabajo) y aún hace poco respondía a mis brazos (aunque le costaba). 

Ahora, ella ya no es ella. La perderé doblemente: ya vivo la pérdida de la que fue, ya no es más esa mamita llena de amor. Y la siguiente pérdida será  la ausencia física. Aprovecho (aún sufriendo ambas) el saber que ella aún está aquí, aunque no me recuerde la mayor parte de las veces. Pero esta última habitación no tiene nada qué ver con la que compartimos a lo largo de nuestra vida: es lo más parecido a una habitación de hospital. Ella en su cama clínica, yo a su lado en un rincón de la pared.

Este, es el precio que hay qué pagar. Quiero quedarme con la vida que tuvimos de recuerdo... GRACIAS!!! Y con ese 14 de octubre, día de su cumpleaños, en que la llevé a desayunar y ella iba siempre tan sonriente! Ahí le di dos regalos: una bufanda gris que le tejí, y la confesión de todas esas peticiones en las que mi abuelita fue mi cómplice. Se lo dije finalmente ya en mi edad adulta, cuando ya superaba ese miedo de no tenerla. Sí, se sorprendió y no dijo nada: sólo siguió sonriendo y sonriendo. Esa era su manera de ser.

Hoy, yo agradezco el regalo de su vida y de su amor incondicional por tantos años.




Mamá...

                        Mamá... 










 

Comentarios

  1. Ay... Maty....
    Que grande eres.... estoy llorando de la emoción hermanita.
    Cuanto me alegro que por fin saques afuera ese DON de la escritura que Dios te ha dado.
    Te quiero hermana cónica....
    De este escrito, solo decirte que pude verte a ti de pequeña, a tu abuelita y tu mamá.
    Que Dios te bendiga Maty. Te quiero.

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  2. Precioso el camino recorrido con tu marmita,es una gran vivencia,vivir junto a una mama querida,todos los dias,es tuya y de nadie mas,por eso habéis sido mas que madre y hija,lo se muy bien lo que ahora sientes,alber en la situación de sufrimiento,y no querella que sufra,es muy triste,pero se que eres muy fuerte,y dios te ayudara a ser aun mas,besos querida amiga

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  3. Que bonito Maty, cuánta falta nos hace la madre , pero nunca se van del todo!!

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  4. Felicidades Maty, son experiencias que marcan nuestra vida.

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