NADA MÁS TRISTE

 

Sí, nada más triste que un niño triste.




Extender la mano y recibir...

Nada!


Buscar la pelota,

Encontrar una piedra.


Querer tener amiguitos, 

Tener qué limpiar cristales para comer.


Un juego que es para otros

Un deseo que no se cumple

Una respuesta que jamás llega

¿Por qué yo no puedo jugar?

¿Por qué no tengo una mamá?

¿Por qué no tengo un papá?

¿Por qué no puedo reír, por qué sólo lágrimas?


Un cielo azul que se ve muy gris

Una mañana sin esperanza

Temor por todo el día

Hambre en la barriga

Entrañas rugiendo



Pies que duelen

Manos que arden

Nadie me mira

¡Todo es tan raro! 

¿Dónde venden tantito cariño?

¿En dónde se compra un abrazo?


No podemos ignorar esta realidad.


Morí un poco cuando los vi mirando aparadores de juguetes por Navidad, esos que sólo tendrían los niños con posibilidades económicas.



Los hay sin techo, los hay viviendo en una coladera, conviviendo con todo tipo de insectos y otros animales.


Una sola mirada de estos pequeños puede incrustarse en tu ser. Y una mirada, es la mirada de todos ellos. Así es la vida, que a veces da y a veces quita. Así es la vida, en donde no siempre hay justicia. Bueno, nadie dijo que este mundo era justo. Así es todo esto del vivir, para unos más y para otros menos, o nada. Y así se van entretejiendo las historias

Una cosa sí es cierta: si les permites entrar en tu mundo, algo se habrá ganado. Si piensas en ellos, si les abres un huequito en tu corazón, si dejas que, al cerrar los ojos, vengan a tu mente y les mandes un pensamiento cargado de luz y de amor. Y claro, alguna vez, ojalá fueran varias, puedes darles también un pedacito de pan, o ese juguete que está allí arrumbado y que ya nadie usa. 




Era un sábado de mañana cuando saliendo de una terapia se despertó mi apetito y bueno, qué tal una rica hamburguesa? Recién comenzaba aquel año, y se acerca a mí un pequeño (mediano) tratando de venderme una postal para recaudar fondos y ayudar a la casa hogar donde vivía. Ay mi vida! Lo invité a desayunar pero inmediatamente vi en su cara la emoción y miraba para todos lados, con lo que pude darme cuenta de que no estaba solo. 


Cuando me di cuenta, estaba sentada con ocho chiquillos en la adolescencia de sus vidas. 

Ya tenían una casa hogar, pero buscaban con ansiedad alguna adopción. Expresaban todo lo dicho en este relato. Lo decían sus ojos, sus palabras.  Habían vivido todas esas peripecias. Tenían hambre, pero también hambre de amor. 


Pasaron los años, ya deben ser unos hombres. Pero la historia, continúa. Siguen ahí los niños de la calle, esos que son un poco hijos nuestros, hijos de todos en un mundo en el que no somos ajenos los unos a los otros.


"Señora, usted es casada?" 

"Señora, usted tiene trabajo?"

"Y vive en una casa?" 


Me hacían las preguntas típicas que realizan a quienes aplican por alguna adopción. 


"¿Sabe? Este Día de Reyes, no nos trajeron nada".


Los cité en el mismo lugar para la próxima semana, pero jamás volvieron. Quizá lo platicaron en esa casa hogar y no se los permitieron, por precaución. Nadie sabe con quién trata. Si es así, qué bueno que los hayan cuidado. De cualquier manera, siempre están en mi pensamiento y quedaron tatuados en mi corazón. 


"SÓLO LE PIDO A DIOS QUE EL DOLOR NO ME SEA INDIFERENTE". 





Comentarios

  1. Hola Maty soy Ana Piera no se por qué desde el movil no me deja comentar con mi perfil de google. Magnifica reflexión, muy necesaria! Si todos ayudáramos aunque sea poquito, algo aliviaríamos tanto sufrimiento. Te dejo un abrazo!

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    1. A veces esto sucede Ana, caprichitos cibernéticos. Pues sí, qué diferente sería todo si nos uniésemos!
      Un super abrazo también para ti! 🌹🥰

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  2. Una muestra más del fracaso de las sociedades y las civilizaciones. Los países y sus gestores, elegidos cada cuatro años, son torturadores y asesinos en serie.

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  3. La vida no es justa, y nos dejas una gran reflexión y una triste historia, que por desgracia existe. Ojalá algún día, todos los niños no tengan esa hambre de amor. Besos

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